27 de noviembre de 2007

Un Valioso Testimonio ( Cali /Nov-91)

Soy una persona con variadas limitaciones físicas, pero gracias a Dios con una inteligencia normal. Durante varios años, desde el comienzo de la adolescencia en adelante, entré a darme cuenta y comprender esas limitaciones que me hacían físicamente diferente a los demás. Como todo joven quería llevar una vida normal, pero yo era diferente y aunque esa diferencia estaba sólo en mi cuerpo, alcanzaba para que me sintiera inferior y ese sentimiento me hacía sufrir. Pero tuve una familia grandiosa que me apoyaron en todo. Pero los años fueron pasando y aquel sentimiento permanecía. Era un sufrimiento profundo que se había instalado en mi vida, haciéndose casi dueño de ella, esto pasaba aún creyendo en Dios. Sin embargo no veía que la mano de Dios hiciera algo en mi vida, todos los días eran iguales y Dios parecía haberse olvidado de mí, pero si bien no dejaba de rezar, vivía soñando ser feliz. A los 19 años me di cuenta que continuar así no tenía sentido, tenía que cambiar, era impresindible. Ante esta situación desesperada clamé a Dios: "Tú me pusiste en este mundo, muéstrame para qué, quiero saberlo, estoy dispuesto a todo para descubrirlo; escúchame Dios Mío". Desde aquel día algo cambió y experimentaba en mi corazón una certeza de que Dios me había escuchado y no se había olvidado de mí. El cambio se daba en llevarme los problemas por delante, que ya no eran obstáculos insalvables, sino que cada día eran más pequeños. También se daba en ya no tener verguenza de ser diferente, Dios había permitido que así fuera y ya no me molestaba. Un sacerdote amigo, Padre Antelo, me dijo lo que más necesitaba oír en aquel momento "Tú sos diferente por fuera, pero por dentro sos igual a todos, tenés un corazón que puede amar y realizarse y eso es lo importante". Al volver a casa sentí una gran paz en mi corazón, que todo lo que me hizo sufrir en el pasado ya no estaba, era yo mismo, libre , con la posibilidad de realizar mi vida, dueño de mi persona y sin miedo al futuro. Pero lo más grande era contemplar la mano de Dios que intervenía en mi vida, liberándola, fortaleciéndola y conduciéndola. Días después participé de charlas que el Padre daba, descubrí una nueva forma de relacionarme con Dios y no pasó mucho tiempo para sentirme amado por él y quererle dar todo de mí. Esa relación creció, se fortaleció y maduró y sigue tan viva como aquellos días y aún engrandecida por el deseo de servir, ¿y cómo servirlo? sirviendo al prójimo, en especial a los enfermos, a los desplazados por la sociedad. Amarlos como Dios nos enseña a través de Cristo para que también ellos sean felices descubriendo en sus vidas a Dios. Y no sólo eso, sino que alcancen la vida eterna que nos tiene preparado a cada uno de su hijos.
Viviendo así soy inmensamente feliz, como nunca antes pensé que era posible y quiero que siga siendo así hasta que llegue mi hora de ir al cielo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La partida de Cali me ha dejado una gran enseñanza como cristiano. Cali no se escapó del mundo, por feo que estaba su panorama, por complicados que eran sus problemas de salud. Cali vivió “más” y mejor que nadie, asumiendo y amando esa cruz que le tocó porque entendió que ella era la que lo plenificaba, lo hacía más fuerte y santo, porque lo acercaba a Dios. Cali era más libre que cualquiera de nosotros, sus problemas no lo esclavizaban como muchas veces suele sucedernos con cosas muy poco trascendentes. Cali nunca perdió el foco, su mirada siempre en el cielo, pese a cualquier dificultad. Entendió que esta vida es, solamente, un pasaje a la verdadera vida. Cali es, por eso, nuestro mensajero del amor y de la verdadera vida. Con sus palomas, su sonrisa y su buen humor, Cali nos dio el secreto de cómo vivir el día a día.
Cali es un ejemplo de cómo vivir cara a Dios y de como morir cara al cielo.
Te vamos a extrañar Cali, aunque yo sé que desde arriba nos estas acompañando, siempre.

Tu primo Carlos Manuel.